Nubes de algodón















Al poco tiempo de salir de Yamoussoukro, los tonos verdes de la vegetación del sur van dando paso a la aridez del norte. Estoy viviendo el proceso de transición inverso al que que viví hace casi 3 meses cuando pedaleaba en dirección sur desde el Sahel burkinés hacia el fértil sur de Ghana. De vuelta en los caminos de tierra, mi ropa y mi piel se tiñen de color naranja. El sol arde en lo alto contrayendo mis pupilas. Las partículas de polvo que flotan en el aire dejan al cielo agonizando en un celeste pálido y silencian los tonos de árboles y arbustos. Una vez más, bajo esta paleta de opacos donde el mundo pierde su tridimensionalidad no terminan las reminiscencias con la transición previa.
Ya con la capital detrás tengo por delante al mundo rural marfileño todo para mí. Ahora puedo pedalear en paz por los caminos secundarios aunque no por mucho tiempo. Poco después de salir del pueblo de Kongaso, un gendarme ocioso, refugiado bajo la sombra de un árbol al costado del camino en el medio de la nada, me ordena detenerme. No sé qué es más grande, si la sorpresa por mi llegada o la confusión de no saber qué hacer conmigo allí. Lo que sí me queda claro, es que he llegado para arrebatarle el aburrimiento que lo tenía hundido hasta el cuello en una silla de plástico semi-derretida por el mismísimo calor del aire. Sin dudas, soy lo más emocionante que le ocurrió desde que se sumó a las fuerzas de la gendarmería.
Intentando disimular la perplejidad me pregunta qué hago allí y hacia dónde voy, pero me dice que no puede dejarme pasar hasta consultar con sus superiores. Estoy de muy buen ánimo y no tengo ganas de discutir así que aparco la bicicleta mientras él toma su teléfono para comenzar a hacer llamadas. Ya son pocas las cosas que me irritan. La paciencia es uno de los regalos más grandes que me dieron tantos momentos de burocracia africana que traigo en mi haber. No solo no me irrito, sino que utilizo hasta los detalles más pequeños para divertirme como por ejemplo reflexionar sobre el hecho de que su Nokia de pantalla monocromo rajada y carcasa fracturada vio más acción desde que salió de la fábrica en China que él en su carrera de gendarme en este olvidado rincón de Costa de Marfil. Entre tanto, mientras del otro lado del teléfono lo transfieren de una persona a otra para sacárselo de encima, yo me saco una selfie con él al teléfono y otro gendarme curioso que acaba de llegar en moto. Le lleva media hora obtener una respuesta satisfactoria para permitirme continuar, pero antes de partir, él y su colega me advierten que estoy entrando en una zona de bandidos.
¡Maldita sea! Paso de llevar una sonrisa relajada a tensar cada músculo de mi cara. Al igual que había experimentado en el sur de Burkina Faso y norte de Ghana, vuelvo a pedalear con miedo. Ahora, la soledad ya no me da paz sino ansiedad. El silencio y la ausencia de gente no ayudan. Es horrible la sensación de andar en la bici temiendo que en cualquier momento de los arbustos pueda sufrir una emboscada. Una parte de mí, intenta concentrarse en las pisadas en los pedales, el sonido de la grava crujiendo bajo las ruedas o el roce del aire caliente sobre mi piel pegajosa, pero hay otra parte subconsciente que está en permanente alerta. Es como si estuviera intentando escuchar los sonidos más allá de los arbustos fantaseando que alguien puede estar escondido tras ellos al acecho. En momentos así, los minutos se vuelven horas, son los pensamientos más que los hechos tangibles los que me asaltan. Lo único que quiero es que vuelva a aparecer más gente alrededor, porque cuando hay gente, la mayoría es buena, y la mala queda neutralizada.
Las cosas no mejoran cuando alcanzo el siguiente pueblo grande. Los rostros de la gente que veo al pasar cambia. Hay algo en ellos que no me inspira confianza. Encima de esto, en medio del pueblo me encuentro con una fortaleza de la ONU, cuyo perímetro está guardado por torres de vigilancia donde están en guardia soldados de los cascos azules sosteniendo ametralladoras. Ahí caigo en la cuenta de que esta es una región que hasta hace no muchos años fue uno de los focos de conflicto de la guerra civil marfileña. Hasta el día de hoy, la ONU tiene su base aquí y nada en este lugar me atrae realmente como para querer quedarme. Prefiero arriesgarme un poco más y seguir adelante para salir lo antes posible de esta zona. Por suerte, las cosas no tardarían mucho en mejorar.









































